Siempre aspiré a dejar huella y tal vez por perseguir eso perdí la oportunidad de ser EL AMOR en la vida de alguien.
Hace muchos años atrás tuve un amor de esos que nacen de una gran amistad y con el paso del tiempo y lo cotidiano se transforman hasta convertirse en leyenda por varios motivos, entre ellos porque no se concretan, no se cuentan ni se comparten con el sujeto amado.
Era mi gran amigo, mi hermano elegido, ese que algún día me entregaría en el altar al buen hombre que quisiera llevarme consigo, el que se apoyaba en mi hombro para soltar sus penas de amor, el hijo varón que mi madre no había tenido y en función de esa realidad compartíamos todo, estábamos juntos casi las veinticuatro horas del día porque además trabajábamos en la misma empresa.
Pero un buen día (aún hoy no recuerdo cuál), él fue todo eso y más porque me enamoré. Pasé de verlo como uno del montón a encontrarlo hermoso, inteligente, gracioso, casi casi divino y perdí como en la guerra porque para él yo seguía siendo su amiga, su hermana, la que tenía amigas que estaban buenísimas (y a las que él no les perdonaba la vida ni muerto) y se las apretaba una por una sin compasión de mí, que para esa altura ya estaba hasta las manos y sufría como loca cuando me lo contaban.
Una noche de luna llena hubo un paseo en su coche, se produjo una situación confusa que nunca llegué a comprender (ni me quiso explicar) y desde ese día no nos vimos nunca más.
Cada uno siguió su camino, él se casó, tuvo hijos y se fué a vivir a otro país.
Pasaron muchos años de silencio hasta que un día me animé a mandarle un mail para su cumple, de ahí en más cada tanto nos escribimos pero hace dieciseis que no nos vemos.
La semana pasada le mandé un correo muy breve con algo para que leyera y en su respuesta incluyó la siguiente frase: "Conociéndote como te conozco......" y al leerla me quedé quietita y sin respirar durante un par de segundos.
Sentí que a mi alrededor sólo había silencio y que debía aprovecharlo para releer esa frase muchas veces más, cosa que hice hasta comprender exactamente lo que me pasaba.
Esas palabras me habían dado la pauta de que él no me había olvidado, que algo de todo lo que vivimos había quedado dentro suyo, que mi paso por su vida había dejado huella tal y como siempre quise que sucediera.
Comprendí que, de una manera u otra, yo también me había convertido en una especie de leyenda para él y que si un día le preguntaran por mí respondería con una sonrisa de costado, como diciendo: "Uy, tengo tantas cosas para contarte!" y soltaría un rosario de anécdotas geniales.
En ese preciso instante decidí dejar que la magia continuara suspendida en el aire así que cerré el correo, apagué la máquina y me quedé pensando que nunca sería su amor pero si uno de sus mejores e imborrables recuerdos.