Hace un rato estaba en la cocina terminando de preparar un budín de dulce de leche, banana y nuez para los padres de una amiga y cantando a viva voz canciones de Vicentico cuando de pronto, mientras desafinaba lastimosamente con las estrofas de "Cuenta conmigo" y "Algo contigo", comprendí que le estaba cantando a los azulejos de la pared porque en mi vida no existía hombre alguno que inspirara estos momentos.
Y de la nada me sentí miserablemente sola pero esa angustia no me provocó llanto sino una sonrisa prolongada porque verme desde afuera cantando y sacudiendo el rollo de papel aluminio en el aire como si estuviera en el escenario del Opera fue patéticamente gracioso.