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5 de junio de 2009

Chamuyo culinario (II)




Hoy quiero que alguien me diga por qué nos complicaron la vida con el cuento de la gastronomía molecular.
Ahora parece que está de moda el tema de la deconstrucción de los alimentos, que vendría a ser algo asi como la descomposición de ellos mismos en pequeñas moléculas para luego terminar armando un plato mucho más pequeño que las moléculas mismas.
Esto me suena a trabajo de bioquímico frustrado, sabran disculparme Ferrán Adriá y todo su séquito.
La gastronomía molecular puede ser super cool, tendrá mucho éxito entre los yuppies de Barcelona y algún que otro amanecido de Puerto Madero pero a mi no me jodan, eso no es comida, es un análisis químico de los pobres vegetales y las queridas proteínas.
Desde cuándo está bueno comer una kenel de crema americana espumada? porque ahora la cosa es así, te engañan con una espumita de morondanga hecha con un sifón ad hoc y te dicen que eso es top porque estamos hablando de comida molecular.
Quién puede creer que existe el caviar de calabaza? pues ellos, los genios de esta nueva corriente.
Preparan una mezcla rarísima de calabaza con no se qué cosas, la colocan en un aparatito para que salgan gotitas, la vierten sobre una superficie que les permita flotar y te quieren convencer de que eso es caviar.
Mentira! el caviar fué, es y será para siempre los huevos del esturión y no hay vuelta que darle.
Hagamos votos para que vuelva la cocina de la abuela, la de bodegón, la que se sirve en el plato y se ve desde que el mozo sale de la cocina hasta que la deja sobre la mesa, la que humea y despierta los sentidos... la de siempre.